—¡Lo sabÃa! —gritó—. EpÃlogo: El color de la valentÃa Rasberryn regresó a las Montañas CarmesÃ, pero ya no para esconderse. Voló alto, dejando un arcoÃris frambuesa en el cielo. Los dragones, que antes se burlaban, sintieron vergüenza.
Luna aplaudió desde su silla de ruedas de mimbre.
El pequeño dragón intentó lanzar fuego. Pero en lugar de llamas, de su garganta brotó , y una nube de chispas rosadas que flotaron suavemente hacia el suelo.
Los demás dragones se quedaron mudos.
—No puedo escupir fuego. No puedo asustar a nadie. No soy un dragón de verdad.